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PRIMERA PARTE

VÍCTOR

Despierta. Abre los ojos lentamente, con trabajo. ¿Ya es la hora de ir a trabajar? No, no está en su casa. ¿Dónde se encuentra?         

       —El sujeto ha despertado, repito, el sujeto ha despertado.

—Ya era hora —dice el doctor García–. Lleva dos días durmiendo. Avisen al doctor Pérez, no sabemos cómo puede reaccionar —dice el doctor Izquierdo.

       Esa no es su cama, no es su habitación. De hecho, no sabe dónde está ni cómo ha llegado ahí. ¿Es acaso un sueño?, ¿sigue dormido todavía?

       —Doctor Pérez —comienza el enfermero Gutiérrez—. El sujeto ha despertado.

—De acuerdo —le responde el doctor Pérez—, voy enseguida para allá, no hay tiempo que perder, no sabemos cómo puede reaccionar.

       La habitación en la que se encuentra está perfectamente iluminada por lámparas halógenas. Las paredes pintadas enteramente de blanco dotan al lugar de un aspecto parecido a una celda de manicomio.

       El doctor Pérez recorre los pasillos de la instalación con la máxima celeridad, a sabiendas de la importancia que tiene el sujeto que ahora obra en su poder. No es el primero, pero sí es el más especial.

       Víctor no puede ver nada más en la habitación aparte de la cama donde descansaba y una mesa con un par de sillas en la esquina. Está muy desconcertado y comienza a preocuparse.

       Por fin, el doctor Pérez llega a la habitación donde se encuentra el sujeto. Dando la orden al vigilante de seguridad que allí se ubica abre la puerta y entra en la sala. Allí puede verle de pie, confuso, desorientado.

       En ese momento Víctor ve cómo, lo que parecía ser una parte más de la pared se abre como si fuera una puerta y, tras la sorpresa inicial, aparece un hombre joven, vestido con bata blanca y con barba afeitada portando un bloc de notas y un bolígrafo.

       —Buenos días —dice el doctor Pérez—. Me alegro de verle en tan buen estado—. Dirigiéndose hacia él le invita a sentarse en una de las sillas que flanquean la mesa y, colocándose en la de enfrente, añade –En los dos últimos días temíamos por su salud.

       —¿Dónde estoy? —pregunta Víctor.

       —Está usted en el centro de control de enfermedades

       —¿Me sucede algo? —pregunta Víctor preocupado.

       —Eso estamos investigando. ¿Se acuerda de lo que hizo hace dos días?

       —No sé ni cómo he llegado aquí.

       —Nosotros le trajimos, le encontramos en la calle en estado grave ¿De verdad no recuerda nada de lo que hizo hace dos días?

       —No, lo último que sé es que volvía a casa del trabajo.

       —¿En qué trabaja, Víctor?

       —Soy contable, ¿por qué? ¿Tiene algo que ver con esto? —pregunta Víctor intrigado.

       —No, nada, solo curiosidad —responde el doctor Pérez, que prosigue—. ¿Ha notado usted en los últimos días algo extraño? ¿Alguna reacción extraña de su cuerpo? No sé, lo que sea.

       —No que yo sepa, ¿algo en concreto que usted sepa?

       —Verá Víctor, todavía es pronto para revelar todos los detalles, lo único que le puedo contar es que le hemos hecho unas pruebas, entre ellas un análisis de sangre y un test neuronal, y hemos constatado que posee una actividad, tanto neurológica como de glóbulos blancos superior a lo normal.

       —¿Y eso qué quiere decir doctor?

       —No lo sabemos todavía, para eso ha de permanecer aquí en observación un tiempo y hemos de realizar más pruebas ¿Lo entiende verdad?

       —Sí, por supuesto, lo que sea con tal de curarme. Una cosa, por favor debo avisar a mi novia. Debe estar muy preocupada.

       —No se preocupe lo haremos nosotros.

       Dicho esto el doctor Pérez se levanta y, despidiéndose de Víctor, abandona la habitación. Víctor se queda solo. Asustado y confuso se tumba en la cama y trata de descansar.

       El doctor Pérez se encamina a la sala de reunión con cierta celeridad para compartir con sus colegas la información que posee. Una vez allí toma asiento, y, junto a los doctores García e Izquierdo, pone en común sus pensamientos.

       —¿Cómo se encuentra el sujeto quince, doctor Pérez?

       —Perfectamente doctor García, todo ha salido como esperábamos. Cree que volvía del trabajo cuando se desmayó y lo trajimos aquí, y no solo eso, me ha dicho que avisáramos a su novia para decirle que está bien.

       —O sea, que la operación fue un éxito.

       —Eso parece, sí.

       —Entonces hemos de pasar a la fase dos, solo tenemos que observar y analizar sus habilidades —dice el doctor García.

       —¿Qué tipo de habilidades creen que puede desarrollar? —pregunta el doctor Izquierdo.

       —No sé, supongo que al haberle aumentado la actividad cerebral a lo mejor es capaz de influir en objetos o algo por el estilo.

       —¿Estás sugiriendo que podría desarrollar telequinesia?

       —¿Tan extraño te parecería? —pregunta el doctor Pérez —. Sabes que tenemos casos más asombrosos como el del sujeto diez.

       —Sí, en eso tienes razón.

       —¿Qué tratamiento sugiere doctor Pérez?

       —Lo más adecuado es continuar con el actual. Por la noche mientras duerma le administraremos otra dosis.

       —¿No será demasiado? Si aumentamos mucho su capacidad cerebral a lo mejor no sobrevive —comenta el doctor García.

       —Sobrevivirá, ya hemos tenido suficientes fracasos, presiento que éste es el definitivo. Si te fijas, cada nuevo sujeto es mejor que el anterior.

       —Eso es innegable.

       —Bueno caballeros, si no hay más cuestiones que tratar les emplazo a la próxima reunión pasado mañana —dice el doctor Pérez.

       Dicho esto los tres doctores se levantan y abandonan la sala cada uno por su lado. El doctor Pérez se dirige a su habitación, la cual se localiza en el complejo como la de todos los trabajadores de El centro de control de enfermedades. Sin embargo, antes de llegar a ella el enfermero Díaz le detiene en el pasillo.

       —Doctor Pérez, un segundo.

       —¿Qué ocurre?

       —El sujeto cinco está sufriendo convulsiones, señor.

       —¿Qué ha sucedido?

       —Mientras probábamos sus capacidades se despertó y…

       —¡Se despertó! —grita el doctor Pérez—. No puede despertarse un sujeto mientras utilizamos sus habilidades. Puede echar a perder todo el experimento. Si es consciente de sus habilidades no podremos detenerlo.

       —Lo sé doctor, fue un error en la anestesia.

       —Me encargaré del culpable cuando todo esté solucionado.

       En tan solo un momento el doctor Pérez llega a una habitación exactamente igual a la de Víctor y, allí, tras abrir la puerta, accede al lugar donde se encuentra el sujeto cinco que está siendo sujetado por dos enfermeros.

       —¡Suéltenlo! —grita enfurecido el doctor Pérez—. Si su temperatura cambiase bruscamente podrían morir.

A la orden del doctor los enfermeros sueltan al sujeto cinco, y este se acurruca en el suelo. El doctor Pérez saca de su bolsillo una aguja y, tras prepararla le inyecta su contenido en el brazo al sujeto. Éste grita de dolor, y, tras unos segundos se queda dormido. El doctor Pérez comienza a dar órdenes inmediatamente.

—Subidle a la cama y acostadle. Recoged todo, que se quede como antes. Traedme el controlador del sujeto cinco.

Media hora más tarde el doctor Pérez se encuentra al otro lado de la habitación esperando a que el sujeto despierte. Observándole a través del falso cristal de la pared. En ese momento un enfermero entra en la sala donde está el doctor, y este último le dice:

—Tome, devuelva el controlador del sujeto cinco a su sitio. Y quiero que el anestesista se persone mañana en salidas.

—Sí, señor.

Dicho esto, el doctor Pérez continúa observando al sujeto durante más de tres horas hasta que este finalmente despierta. Entonces el doctor coge su bloc de notas y un bolígrafo, y entra en la habitación.

—Buenos días —dice el doctor—. Me alegro de verle en tan buen estado. En los dos últimos días temíamos por su salud.

—¿Dónde estoy? —pregunta el sujeto.

—Esta usted en el centro de control de enfermedades. Estamos investigando ya que le encontramos tirado en la calle hace dos días. ¿Recuerda algo?

—No, lo último que recuerdo es que volvía a casa del trabajo.

—¿En qué trabaja Víctor? —interrumpe el doctor Pérez.

—Soy contable.

—Bien, verá, le voy a contar lo que va a pasar. Creemos que puede tener usted una enfermedad de la piel bastante grave por lo que debe pasar unos días en observación mientras le hacemos unas pruebas ¿Lo entiende verdad?

—Sí, solo que tengo miedo.

—Es normal, pero no se preocupe, todo va a salir bien.

—Una cosa doctor —dice Víctor.

—Quiere que avisemos a su novia ¿no es así? —interrumpe el doctor anticipándose a la pregunta de su paciente.

—Sí, si no le importa.

—En absoluto.

—Nos vamos a casar ¿sabe?

—Lo harán, no se preocupe—. Cada vez añaden algo —piensa para sus interiores el doctor mientras abandona la habitación.

Ya en la sala adyacente le dice a un enfermero —Manténgalo en observación, ya estoy harto de repetir siempre la misma historia.

El doctor Pérez se dirige a su habitación con el firme propósito de descansar un poco. El hecho de ser el máximo responsable del proyecto hace que cada avance, cada problema, cada suceso, le tenga que ser informado en el momento en que se produce. El trabajo que aquí realizan es el más importante en la historia de la ciencia sin ningún tipo de dudas, y es necesario que sea el personal más cualificado el que se encargue de realizarlo. El doctor Pérez siempre ha brillado dentro de la comunidad científica. Sus logros en materia de genética le llevaron hace siete años a quedarse a las puertas del Nobel. Sin embargo, un accidente de coche acabó con su vida hace cinco. Eso fue lo que trascendió a los medios y el mundo entero. Fue entonces cuando comenzaron a trabajar en el proyecto Víctor, y era imprescindible para el futuro del mismo que todos los implicados estuviesen oficialmente muertos para poder desarrollar su trabajo sin trabas. Lo que están haciendo no es legal en ningún país, y, aunque recibían dinero del gobierno debido a una serie de argucias y tapaderas, este no sabía de la existencia del proyecto.

El complejo donde se desarrolla el proyecto se ubica bajo tierra, enterrado a los pies de una planta de residuos, o lo que queda de ella, puesto que hace tiempo que fue abandonada y ahora no queda más que una serie de salas individuales y piscinas de basura. Están ocultos a la vista de todos. Los trabajadores involucrados, desde el doctor Pérez hasta el último enfermero, no pueden abandonar el complejo bajo ningún concepto, entre otras cosas, porque se supone que están muertos. Y en el caso de que alguien quiera hacerlo o se jubile se procede a borrarles la memoria y a dotarles de una nueva identidad en otro país. Todos asumen que entrar a trabajar aquí les supone una dedicación absoluta y un sacrificio máximo en detrimento de sus vidas. Y es que todo está calculado al milímetro, hasta esta noche.

El doctor Pérez llega finalmente a su habitación y, acostándose en su cama se dispone a dormir un rato. Su habitación es tan austera como las del resto de residentes. Lo único que destaca por encima del blanco de las paredes, es una gran cristalera situada frente a la cama tras la cual puede contemplarse un pequeño jardín artificial. Es la única nota de color, no solo en las habitaciones, también en todo el recinto, donde todas las paredes son blancas y existen normas de vestuario. Estas obligan a todos los médicos a llevar batas blancas, así como el pelo corto y la barba afeitada. Los enfermeros sin embargo van vestidos con monos, de color blanco, por supuesto, y siguen las mismas normas en cuanto al pelo y la barba. La única nota de color en todo el complejo procede del negro de los uniformes de los encargados de la seguridad. Sin embargo, no son muchos en el centro, apenas diez, por lo que casi siempre el color blanco es el más visto por los residentes. Esta disciplina casi militar y, en alguna ocasiones fascista, es necesaria para poder llevar un perfecto control de todo y no dejar nada al azar. Todo está calculado al milímetro, hasta esta noche.

Cuando la alarma se dispara el doctor Pérez aún no ha entrado en fase REM por lo que el estruendo del sonido provoca que salte de la cama como impulsado por un muelle. La alarma es sinónimo de problemas, de alguno muy gordo. Desde que Pérez trabaja aquí, es decir, desde el principio, solo una vez sonó la alarma como esta noche, y fue un simulacro hace tres años. Obviamente el doctor se teme lo peor, que les han descubierto o que se ha escapado algún interno, o algo así. Nada más lejos de la realidad.

El doctor Pérez sale inmediatamente de la habitación, y, deteniendo a un enfermero que corre en dirección contraria a la suya le pregunta:

—¿Qué está pasando?

—No lo sé exactamente, por lo que he podido oír, ha habido un incidente con el sujeto quince.

—Bien, voy hacia allí, usted llame a todos los miembros de seguridad y cuénteles lo sucedido.

Dicho esto el doctor corre en dirección a la habitación de Víctor temiéndose lo peor. Ha sido el último en llegar y, al parecer, el más perfecto de todos. Es normal que los primeros días los sujetos experimenten cambios debido a su organismo único, pero nunca pasan de simples ataques de pánico. De camino al lugar indicado por el enfermero el doctor Pérez se cruza con dos enfermeros que corren en dirección contraria. Cuando están a su altura este les detiene y les pregunta:

—¿Qué sucede? ¿Por qué no vais a la habitación del sujeto quince?

—El sujeto ha escapado doctor, se ha vuelto loco. Todo el que se ha cruzado en su camino ha muerto.

—¿Cómo? No es posible, no tiene esas habilidades. De hecho, no debería poder usarlas todavía ¿Y los inhibidores?

—No ha dado tiempo a inyectárselos doctor.

Consternado por lo que acababa de oír, el doctor Pérez se dirige corriendo hacia el lugar de los hechos mientras escucha de fondo los gritos de los enfermeros pidiéndole que no vaya, que huya, o morirá.

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